Se dice mejor bailando: una semana de movimiento y diálogo en Cali

El pasado 17 de noviembre culminó la 7.ª Bienal Internacional de Danza de Cali, un evento en el que compañías de baile y de artes escénicas de todo el mundo escudriñaron con el cuerpo los dilemas contemporáneos de la identidad, la política y la belleza. Aquí una reseña de las obras más relevantes. 

POR Laura Steiner

Diciembre 06 2025
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Fotografía de Alejandro Garzón Moreno

Estoy convencida de que en Cali siempre hay alguien que está bailando. Si uno pusiera una cámara sobre la ciudad las 24 horas, siempre se vería la imagen de alguien envuelto en baile y se sentiría que la pulsión de esta ciudad tan "visajosa" –como tantos caleños la describen desde su propia coloquialidad: exagerada se sostiene gracias a un par de pies haciendo un repique a una velocidad casi que inverosímil y a unas caderas llenas de sabor.

No se me ocurre un mejor lugar para una bienal de danza que la capital de la salsa, ni qué decir de una bienal que propone un intercambio entre apuestas internacionales y locales donde el énfasis esté en investigar cómo corporalidades y estéticas de diferentes lugares del mundo conversan en esta meca del movimiento colombiano.

 

 

"Transmisión Cruzada", dirección de Andrea Bonilla y Pere Seda. Fotografía de Alejandro Garzón Moreno

 

En esta ocasión llegué un día tarde a la bienal y todo el mundo con quien me cruzaba parecía tener la misma consigna: “Lo de ayer fue una locura”. Hablaban de Sonoma, la obra de la compañía española La Veronal que mezcló danza, teatro y videoarte. “Es de lo mejor que he visto en mi vida”, me dijo alguien cuya trayectoria ha estado marcada por las artes vivas, por lo cual empecé mi recorrido por la bienal con un sentido de urgencia para compensar el no haber visto la obra más elogiada de la temporada.

Si bien la danza invita a pensar el cuerpo como geografía política y artística, la curaduría de la bienal propuso además preguntas sobre cómo un movimiento o gesto bailado puede representar a una cultura y, sobre todo, qué sucede cuando cosas que parecieran en principio incompatibles convergen en la danza. 

En Transmisión cruzada el diálogo sucedió entre cuatro bailarines de la compañía colombiana de danza Incolballet y cuatro bailarines españoles en una codirección del español Pere Seda y la bailarina colombiana Andrea Bonilla. El trabajo se hizo a partir de dos encuentros, uno en Barcelona y el otro en Cali, donde la pregunta recayó sobre la identidad. “¿Cómo se construyen estas nuevas identidades? ¿Dónde encontramos similitudes?” son, según Bonilla, los ejes centrales de la pieza.

 

"Bricks", dirección de Nicole Morel. Cortesía Bienal de Danza de Cali 

La obra tuvo lugar en la Plazoleta del Centro Cultural y la entrada fue gratuita. Antes de que empezara la función, señoras caleñas mayores bailaban salsa alrededor del piso de linóleo que serviría luego de escenario. En algún momento hicieron con sus muñecas el gesto de aletear un pañuelo del Petronio. La belleza de la obra de Bonilla y Pere Seda se reafirmó cuando ese mismo gesto surgió en escena unos minutos después entre cuerpos que bailaban danza contemporánea.

La primera parte de la obra sucedió sin música y se bailó al ritmo de las onomatopeyas que hicieron los bailarines en un ejercicio de traducción. “Las onomatopeyas dicen mucho de las culturas; hay sonoridades que son muy nuestras”, explica Bonilla. En la obra reconocí sonidos y movimientos propios: un mapalé, el gesto del pañuelo Petronio y “chasquidos de dedos y posturas muy medievales”, más españoles, como reiteró Bonilla.

El resultado de este encuentro son cuerpos que buscan curvas, que desdibujan líneas para rearmar nuevos caminos y una mezcla sonora de onomatopeyas, la brisa de Cali y la risa de una de las señoras que bailó salsa.

 

Ensayo de una de las compañías. Fotografía de Alejandro Garzón Moreno

Esa misma noche, en el primer piso del Centro de Danza y Coreografía La Licorera, la bailarina española María Muñoz interpretó Bach, un solo en el que toda la música es del compositor alemán. El cuerpo de Muñoz tenía una elegancia ligera y unos brazos impecables. Además, vestía los mejores zapatos que vi en un escenario en toda la bienal: de cuero negro y punta larga, que nunca se salían de las líneas marcadas en el piso. Su precisión espacial me abrumó. En un arte que a veces hace apología al cuerpo joven, allí se respiraba otro aire al ver en escena un cuerpo más maduro. La potencia de su presencia y la sofisticación de un movimiento construido a partir de años de exploración se sintieron en sus gestos.

Cuando aparecieron focos de luz proyectados sobre la pared blanca del fondo, la danza de Muñoz se centró en perseguir los espacios luminosos. Recordé el ensayo “Fulgores”, de la filósofa y escritora Laura Quintana, en el que se refiere a la juventud y la belleza femenina como focos de luz, y donde indaga sobre el valor de ciertos cuerpos para permanecer iluminados. ¿Qué pasa cuando un cuerpo sale de esa luz? ¿Qué cuerpos son legitimados para permanecer iluminados?

Esta lectura de la obra evidentemente la hago desde mi propia perspectiva: una bailarina de 37 años que nota cambios en su cuerpo; no solo el cambio del cuerpo en escena, sino también el cambio en la mirada. Aunque el baile explosivo aún me estremece, reconozco cada vez más la fuerza de la quietud contenida, el poder de lo minimalista.

Contrario a ese minimalismo, bajo el lema “Otros mundos, otras danzas”, este año la bienal reunió a más de 500 bailarines de doce compañías internacionales y once nacionales, conforme las mismas líneas curatoriales que operan desde la bienal de 2013: afrocontemporaneidad, ritualidades, tradición y contemporaneidad, territorios y movimiento (diálogo de danza con otras disciplinas). Según explica Juan Pablo López, director de la bienal, estas líneas son transversales a los intereses de la danza en Colombia, en Latinoamérica y a nivel mundial. Traer a esta bienal un referente tan grande como Cataluña y ver los procesos de encuentro e intercambio que se llevaron a cabo demuestra “la madurez de este proyecto a nivel conceptual”, dice López.

Esa madurez conceptual se tradujo en la obra Flow, originalmente coreografiada por la compañía suiza Linga, estrenada en la pasada bienal y en esta ocasión interpretada por bailarines de Incolballet. Cuerpos formados en la técnica del ballet y la danza contemporánea, pero marcados por una fisicalidad caleña interpretando una obra de concepción europea.

 

 

"Gravité", del Ballet Preljocaj. Cortesía Bienal de Danza de Cali 

 

¿Qué sucede cuando cosas que parecieran en principio incompatibles se encuentran en la danza?

Vi Flow dos veces en esta edición –en el ensayo general y en la función del sábado– y aunque quizás esto contradice mi reciente aprecio por la quietud, la virtuosidad de los bailarines de Incolballet me hizo desear ir a un estudio de baile y practicar danza el resto de todos los días por el resto de mi vida. La música de esa obra me hace querer estar en un escenario siempre. La coreografía me hace sentir algo que se parece a la envidia.

El prestigioso Ballet Preljocaj presentó Gravité, una investigación sobre la relación entre movimiento y gravedad. Antes de que empezara la función, mi amigo me dijo: “Buen viaje”. Despegamos y lo que siguió fue un recorrido por la precisión corporal y coreográfica con bailarinas que sostenían un abdominal a 45 grados durante diez minutos, puntas elevadas y torsos perfectos y erguidos.

La obra me pareció magistral y, para mi sorpresa, cuando salí escuché varios comentarios de personas que la consideraron demasiado coreográfica, con poca dramaturgia. “A los diez minutos ya sabía qué iba a pasar”, dijo una bailarina y coreógrafa a quien respeto profundamente. “Y lo que sabía es que son cuerpos fenomenales, bailarines fuera de serie. Pero no pasó mucho más”.

Las opiniones contrariadas no nos privaron de ir a bailar con la bailarina fenomenal y el mismo amigo con quien emprendí el viaje. En La Caldera del Diablo, un bar de salsa sobre la calle Quinta, no había escenario ni cuarta pared, pero en las cinco canciones que no bailé me senté a observar el gran teatro de la salsa caleña. El ecosistema cambió por completo. Las coreografías desaparecieron: ahí primaba la escucha y la improvisación. La espacialidad se comprimía y lo que la curadora y artista Éricka Flórez llama “el apretadito” en su libro Hegelian Dancers se volvió ley: ahí todo es pelvis con pelvis.

Una señora caleña con la cadera más suelta que he visto en mi vida bailó con un bailarín bogotano a quien la noche anterior había visto cargar ladrillos en Bricks, el performance de danza contemporánea dirigido por la coreógrafa suiza Nicole Morel. Anoche se le veía erguido, con una limpieza de movimiento impecable. En La Caldera bailaba salsa choke, y aquella pulcritud se diluía para dejar entrar un flow feroz. La señora y él se entendían tan bien bailando que me pregunto si las respuestas a  los problemas de comunicación en el mundo no se resolverán en un bar de salsa en Cali.

Mi amigo del viaje contó que alguna vez alguien se le acercó en una discoteca y le dijo: “Salsa is in the hips, not the shoulders”. Así, en inglés, a mi amigo que no tiene cara de gringo pero sí un acento caleño marcado. Siempre hay espacio para corregir un plié, como también hay espacio para corregir una salsa; la diferencia es que el primero suele hacerse en un estudio y la segunda  seguramente se corrige en una discoteca, con un viche en la mano, como le sucedió a él. En este teatro del bar de la Quinta queda claro que la salsa está everywhere in the body.

“Mover una parte del cuerpo es mover todo el cuerpo”, dice un texto performático del bailarín, coreógrafo y docente argentino Lucas Condró. La frase volvió a mí durante la obra A Beginning 16161D de Aurora Bauzà & Pere Jou, parte del foco catalán. En la obra aparecía ese cuerpo fracturado que se expresa como un todo, traduciendo la danza a través de la voz.

Los primeros diez minutos de la obra transcurrieron en total oscuridad. Solo emergieron las voces de los intérpretes, voces gloriosas que hacían visible el movimiento desde el sonido. El baile estaba en la vibración de su voz. Cuando finalmente aparecieron los bailarines, estaban enmarcados por luces portátiles que ellos mismos manipulaban, haciendo de sus cuerpos un lienzo sobre el cual danzaba la luminosidad, creando figuras corpóreas, cuerpos grandes, torcidos e irregulares. 

 

 

"La renuncia", dirección de Yovanny Martínez y Juan Billis. Cortesía Bienal de Danza de Cali 

 

El cuerpo amorfo también hizo una aparición potente en La renuncia, obra dirigida por Yovanny Martínez y Juan Billis e inspirada en La metamorfosis de Kafka. Cuerpos y dirección colombiana sobre un texto escrito originalmente en alemán. “Entre más nos adentramos en el universo de Kafka, entendimos la importancia de la desobediencia y del cuestionamiento”, dijo Martínez.  “Si queríamos entender a Kafka teníamos que desobedecerlo para contarlo”, explica el director. La desobediencia es explorada desde un cuerpo visceral que cuenta el subtexto de la pesadilla de Gregorio Samsa, o Gregor, como se le nombra en esta obra. Ese cuerpo-monstruo, construido a partir de los cuerpos de Luisa Hoyos, Arnulfo Pardo y Santiago Londoño, se exacerba hasta desdibujar la identidad individual. En ese cuerpo desobediente que rompe el statu quo, las reglas de la física y las del buen comportamiento se reitera la renuncia a las reglas de la sobreproducción e incluso la renuncia a la vida como había sido previamente pactada.

¿Es desobediente confesar en un texto que intenta ser objetivo que uno tiene una obra favorita?  Espero por lo menos estarle haciendo honor a la desobediencia de la que habla Martínez cuando digo que no he dejado de pensar en la obra Harleking del dúo Panzetti-Ticconi que se presentó el sábado en la noche. Irreverentes, virtuosos y cómicos, expresaron lo macabro con mucho humor. Su movimiento tenía una estética de la Commedia dell’Arte y en sus miradas había un deseo insaciable. Lo que empezaba como un juego casi ridículo de risas se volvía, poco a poco, una crueldad expresada desde el movimiento repetitivo. Y repetitivo. Y repetitivo. Y repetitivo.

La maravilla es que una vez estamos completamente hipnotizados por el movimiento de Panzetti y Ticconi empezamos a ver fracturas en su movimiento: uno de los intérpretes rompía el tiempo, mientras el otro lo mantenía; uno cambiaba la expresión, el otro se mantenía neutro. Las diferencias eran sutiles y parecían no desarrollarse más, justo lo contrario de lo que tan a menudo se espera de la coreografía contemporánea: que algo derive en otra cosa, que fluya a otro momento.

Me sigue llamando la atención cuánto disfruté Harleking, pues usualmente la danza que me suele conmover lo hace desde un lugar bastante diferente, donde prima el sentir del bailarín. Pies a la tierra, me gusta cuando el baile transmite más emoción. En el caso de Harleking, su sarcasmo en escena hacía casi que impenetrable el sentir de los bailarines, como si su compromiso con la técnica impecable suprimiera la emoción. En este caso eso no se traducía ni su sentir ni qué los motivaba. Pero quizás fue precisamente su destreza. Será su técnica impecable, sus figuras, sus caras macabras, su juego con el tiempo, su música astringente, pero se apagaron las luces y me paré de un salto a aplaudir.  

En la obra Chamán Yawar de la Asociación de Teatro-Danza Pies de Sol del director Gerardo Rosero el sentir de los bailarines era inequívoco. La puesta en escena fue una acción ritual donde se celebró la anaconda, el jaguar y el personaje de Chamán como guía espiritual. Los vestuarios son reminiscencias del carnaval de blancos y negros en Pasto, con cabezas gigantes de jaguar y anacondas entrelazadas. El escenario estuvo lleno de colores explosivos y música en vivo. Al final de la obra los intérpretes se acercaron al público e invitaron a algunas personas a sumarse al baile, insistiendo en la celebración como parte esencial de la espiritualidad. La danza, en este caso muy nuestra, se experimentó como un lugar colorido, sentido, generoso, lleno de belleza. Una belleza que no se puede contener en un teatro, menos dentro de un papel, tampoco en una geografía, de pronto solo dentro un bar de salsa en Cali.

 

"Chamán Yawar", de la Asociación de Teatro-Danza Pies de Sol y el director Gerardo Rosero. Cortesía Bienal de Danza de Cali 

ACERCA DEL AUTOR


Escritora, bailarina e improvisadora. Desde el 2020 trabaja como profesora de cátedra de narrativa corporal en la Universidad de los Andes en el programa de narrativas digitales. Es directora y escritora del corto THICK SKIN, nominado a mejor video danza del 2024 en DanceFilmMaking. Estudió periodismo en New York University y teatro físico en Royal Central School of Speech and Drama. Se ha formado como bailarina en La Factoría de Tino Fernández en el Seminario de Cuerpo de Escena, en Ecole de Sables en Senegal bajo la técnica Acogny, en Tic Tan Centre en Bélgica bajo la técnica de Assymetrial Motion de Lucas Condró y, principalmente, en las pistas de baile de Bogotá.